3. Pensando Sobre la Enseñanza de los Valores Humanos

Recientemente hablaba de los tres aspectos claves en el desarrollo de niños y jóvenes, refiriéndome a la educación dirigida al mejoramiento del cuerpo, la mente y el alma [1]. En esta nota, me dirijo a la enseñanza de los valores humanos. Lo hago porque vivimos en una época en la que un porcentaje cada vez mayor de ciudadanos parecen creer que el incremento continuo de la capacidad económica es indispensable para ser feliz, en contraposición a lo que la psicología moderna nos dice. Para muchos otros el poder es la clave, y unos y otros están dispuestos a sacrificar muchos de los valores tradicionales para adquirir y mantener la riqueza y el poder.

Por otro lado, los medios de información, tanto escritos como visuales, parecen estar reemplazando la honestidad por la popularidad, y con el internet lleno de falsedades, cada vez es más difícil conocer la verdad. Adicionalmente, los anuncios a todos los niveles nos tratan de convencer de “la trascendencia “de la estética personal y del vestuario. No trato de citar todos los problemas que, en mi opinión, nuestra sociedad confronta actualmente, y sé que muchos dirán que muchos de estos problemas han existido siempre, sin considerar, quizás, que el porcentaje de los afectados parece estar creciendo con los años.

Por esta razón mencionaré algo único de esta época. En la actualidad, el conocimiento humano se duplica cada año, y de acuerdo con IBM dentro de poco será cada 24 horas. Un problema surge al no pararnos a pensar un poco en los efectos secundarios negativos que muchos de los nuevos descubrimientos conllevan y tratar de prevenirlos. Asimismo, a menudo no se revisa y descarta lo que estos nuevos avances hacen obsoleto. En particular, la enseñanza tarda mucho en reaccionar a los cambios sociales y tecnológicos que estos adelantos promueven.

Dada la complejidad del tema y sus implicaciones, debo decir que solo intento compartir algunos pensamientos. Si escribo sobre la enseñanza de valores es porque creo que, cada vez menos, su enseñanza está de acuerdo con su trascendencia o con los cambios sociales y tecnológicos que vivimos. Pienso también que recapacitando sobre el tema nos ayuda a aclarar nuestras ideas, y quizás podamos ayudar a otros a que hagan lo mismo; como decía el gran educador Rvdo. Andrés Manjón: “La educación es obra de todos y para todos.

Personalmente creo que los valores que cada uno va adoptando y que vamos refinando a través de nuestra vida, permean y definen nuestra existencia por ser la base de nuestras decisiones y de las metas que perseguimos, así como el baremo con que debemos evaluar nuestro verdadero éxito.

Si bien los problemas que a continuación menciono sobre la enseñanza de valores en relación con lo que se enseña, quien lo enseña, y como se enseña se encuentran en la enseñanza de todo tipo de disciplina, creo que en esta área deberíamos ser particularmente cuidadosos por sus repercusiones individuales y sociales a todos los niveles.   

¿Qué se enseña?

A lo largo de nuestra vida, la mayoría de nosotros somos expuestos a unos principios o valores que deben fundamentar y guiar nuestra existencia. Valores de todo tipo; éticos, morales, políticos, económicos y sociales, entre otros, que usualmente se nos inculcan tanto en la familia como en nuestros estudios y lecturas, así como en la iglesia o comunidad religiosa, o en otras comunidades o agrupaciones a las que pertenecemos, y a veces los aprendemos de conocidos, de amigos, y hasta de otros que afortunadamente se cruzan en nuestro camino.

En el cristianismo, se nos enseñan las virtudes cardinales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Adicionalmente se consideran las virtudes o valores que se oponen a los siete pecados capitales de soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Estas son la humildad, la generosidad, la castidad, la paciencia, la templanza, la caridad, y la diligencia. Familiar y socialmente se nos inculcan muchos principios similares, aunque quizás con otros nombres, tales como el respeto, la empatía, la responsabilidad, la solidaridad, la honestidad, la compasión, la voluntad etc. De una forma u otra, creo que la mayoría de los occidentales estamos expuestos a estos valores a menudo denominados judeocristianos.  

El problema, como menciono al principio, está en el bombardeo continuo de antivalores como, la avaricia, el poder, la mentira, el deshonor, el sexo como principal exponente del amor, la violencia, la pornografía etc., que la juventud recibe por todos los medios de comunicación. Si añadimos las drogas, la promiscuidad, y hasta el sexo en grupo, fácilmente accesible a cualquier joven occidental, el panorama no es alentador en absoluto.  El reto está en formar jóvenes a una edad más temprana y mucho más fuertes de lo que nosotros fuimos, porque los peligros que enfrentan son mayores. Pero ¿es esto posible? No creo que haya una varita mágica. Como educador sé que debemos volver a lo básico. Pienso que los principios a enseñar son los mismos, pero más que nunca debemos predicar con el ejemplo personal, enseñar con honestidad, interés, y calor humano, actualizar en lo posible nuestros ejemplos, facilitar las preguntas y respuestas, así como que los estudiantes individualmente y en grupo exploren y descubran respuestas a preguntas que el profesor o ellos mismos formulen.

No todos tenemos habilidad para lo que nos gustaría ser, a mí me encanta la música, pero no tengo oído, por fortuna nadie me animó a ser músico. Por tanto, es absurdo decir a los niños lo que por años he oído en EE. UU.: “tú puedes ser lo que quieras ser.” ¡Sencillamente eso no es cierto y puede conducir a frustraciones de por vida! Sería apropiado decir algo como: “debes aspirar a lograr el máximo con las capacidades que has recibido, “con dedicación lo puedes conseguir.  

¿Quién enseña?

Ahora bien, la enseñanza de estos valores no siempre es la misma. La claridad y profundidad con que los mismos se enseñan en los colegios cristianos, tiende a ser mayor que en los públicos (aun cuando esto puede tener repercusiones negativas cuando la enseñanza no es la apropiada).  Del mismo modo, puede haber diferencias notables en la preparación de las personas que los enseñan, y en como lo hacen. Así vemos que ya sean estos, padres, maestros, o religiosos, aun cuando tengan las mejores intenciones, en ocasiones su actuación puede contradecir los principios que tratan de enseñarnos. Por ejemplo, no es extraño ver que un padre o un maestro, pierdan la calma, o usen expresiones erróneas, o traten de cubrir el hecho de haberse equivocado o de no saber la respuesta a una pregunta; del mismo modo encontramos religiosos que adoptan en clase y públicamente posiciones políticas, o que amenazan con “la ira de Dios,” o que hablan con el “dominio de la verdad,” olvidando entre otras cosas, tanto las limitaciones que todos tenemos, como los errores de las jerarquías a través de los siglos.

Un fenómeno alarmante de los últimos años ha sido el creciente porcentaje de padres que critican a los maestros de sus hijos delante de ellos, a menudo sin fundamento alguno. Esto afecta tanto la autoridad y credibilidad del maestro como el respeto que los niños le deben.

Es claro que la madurez y preparación de los profesores es crucial. ¿Damos la misma atención a los profesores que se encargan de la(s) disciplina(s) que enseñan valores como a los que enseñan las ciencias? ¿Proveemos reuniones en las que un experto con experiencia y con ideas prácticas -no sólo un teórico- hable con estos profesores? ¿Se fomenta el intercambio de experiencias entre estos profesores? En el pasado he observado a menudo que los profesores pueden intercambiar excelentes ideas y métodos prácticos, de cosecha personal, en el medio en que enseñan, que los expertos desconocen. Por otro lado, difícilmente un profesor puede enseñar tanto lo que no sabe cómo lo que él no ha experimentado. Aquel que no ha investigado como resolver problemas fuera del libro de texto, no suele proponerlos en sus clases, y cuando lo hace suele tener dificultades guiando a sus estudiantes para que los resuelvan.   

En la actualidad, con el acceso inmediato a increíbles fuentes de información “confiable” y a cálculos numéricos y simbólicos que tenemos en un teléfono, ¿qué debemos esperar que los estudiantes memoricen? ¿Hemos revisado los fundamentos a enseñar de cada disciplina a la luz de estos adelantos? Recuerdo haber formulado esas preguntas en conferencias y publicaciones hace 15 años, pero hasta ahora no he oído muchas respuestas de la investigación.

¿Cómo se enseña?

Usualmente, la memorización de conceptos y preceptos no es suficiente para profundizar en los mismos. Como mencioné antes sería conveniente que niños y adolescentes se enfrenten a problemas teóricos que les ayuden a profundizar en el significado real de estos principios, antes de que encuentren en sus vidas situaciones en los que deban usarlos. Esto no es nada nuevo, la investigación en distintas disciplinas ha probado repetidamente, que el aplicar los conceptos teóricos a problemas concretos, nos permite aclararlos y profundizar en los mismos.  Posar problemas de actualidad permitiría que los jóvenes se enfrentasen conceptualmente al mundo que les rodea preparándolos para lo que pronto, si no han empezado ya, van a vivir.

Anecdóticamente, mencionaré que cuando tenía 15 años, en el internado en que estaba nos dieron un curso de moral. El profesor, no sólo articulaba los principios, sino que nos daba problemas o situaciones en las que tuviéramos que aplicarlos. Recuerdo que uno de esos problemas trataba de un prisionero que conocía la forma en que se podía atacar por sorpresa a su ejército de miles de hombres y acabar con la mayoría. Y se nos preguntaba si era licito que el prisionero se suicidara, por miedo a hablar, para salvar a sus compañeros. El debate que siguió en el que muchos de nosotros tratamos de justificar erróneamente el suicidio usando mayormente el principio de que “el bien particular se sacrifica al bien común,” y como el profesor nos señalaba repetidamente que “el fin no justifica los medios,” y que todos los principios deben ser respetados, ha hecho que nunca haya olvidado los mismos. Incidentalmente, el prisionero podría, por ejemplo, cortarse la lengua en lugar de suicidarse.

En este momento histórico en que vivimos, después de más de dos años batallando el Covi19 cabe preguntarse ¿cómo millones de personas en Estados Unidos y en otros países, que dicen profesar los valores judeocristianos y que reusaron el uso de las mascarillas durante toda la pandemia en base a que “nadie puede decirme lo que debo o no debo de hacer,” pueden reconciliar su actitud con el principio moral de que “el bien particular se sacrifica al bien común,” y últimamente con los cientos de miles de personas que probadamente han muerto como resultado de esa decisión?

Me parece excelente que animemos a los jóvenes a que se envuelvan y esfuercen al máximo en el entrenamiento y en la práctica regular de deportes y actividades físicas, así como en la lectura, en la participación de eventos educativos, y en sus estudios académicos; ahora bien, ¿qué le decimos que hagan para crecer espiritualmente?

Para muchos católicos, la revisión de nuestro comportamiento antes de cada confesión es a menudo la única ocasión en que dedicamos unos minutos de introspección sobre cuan consecuentes hemos sido con los valores que profesamos. ¿No deberíamos dar un mayor énfasis, del que usualmente damos, a un análisis cotidiano de cuan consecuentes estamos siendo con nuestros valores?

Rezar una oración por las noches e ir a misa los domingos es importante, pero desafortunadamente, a menudo vemos jóvenes, y otros menos jóvenes, que caemos en la monotonía.  ¿Qué más podemos hacer para que el área más importante de nuestra formación crezca con vitalidad?  

¡En principio es crucial exponer a los jóvenes a la práctica de esos valores, tanto en teoría como en la realidad que les rodea! Por tanto, el que los jóvenes colaboren con comunidades religiosas o cívicas en actividades de ayuda a los más necesitados, es de un valor incalculable. Una de las sorpresas más agradables que tuve cuando vine a Estados Unidos, fue el ver que aún había muchas personas que practicaban lo que yo llamo “el espíritu pionero”. Recuerdo por ejemplo que, después del huracán Katrina, hubo numerosas agrupaciones que fueron a ayudar a Nueva Orleans; grupos de estudiantes de distintas universidades usaron sus vacaciones colaborando in situ con los servicios de ayuda; e incluso, numerosos individuos usaron sus vacaciones anuales, y pagaron por su transporte y estadía, para ir a echar una mano en lo que se necesitara.

Es fácil comprender el origen de la proverbial limpieza de las calles en Japón cuando leemos que, desde temprana edad, los escolares japoneses limpian regularmente sus escuelas. También aprenden a plantar y cultivar en las mismas. ¿No deberíamos imitar internacionalmente estas excelentes prácticas?

Pensando en que ideas deben quedar claras en la mente de los estudiantes sobre estos principios y su puesta en práctica a lo largo de nuestra vida, se me ocurrieron los puntos que siguen, y que pienso deberían ser expuestos en su educación.

  1. Nadie lo sabe todo, nadie es perfecto, todos cometemos errores, siempre podemos mejorar y es nuestra responsabilidad el tratar de hacerlo.
  2. Todo lo que realmente merece la pena en la vida, se consigue con esfuerzo y dedicación.
  3. A diferencia con los valores materiales, los valores espirituales tienden a estar desconectados del poder, la riqueza, la popularidad y la estética.
  4. Aunque nos esforcemos en crecer en esos valores, nuestras limitaciones hacen que a menudo tropecemos en algunos de ellos. Cuando esto ocurre, más que sólo lamentarse o tratar de justificarse, lo importante es arrepentirse, reconocer porque fue así, y proponerse con toda honestidad mantenerse en el cumplimiento de estos.
  5. Nacemos en hogares de distintas condiciones socioeconómicas, de ambientes diferentes, y con distintas habilidades físicas e intelectuales, por lo que cualquier comparación con otros es injusta. No debemos juzgar y menos aún condenar a nadie, pero si aprender a valorar el esfuerzo y crecimiento espiritual de los demás, ayudándoles en todo lo que podamos. ¡Competimos con nosotros mismos, no con los demás!
  6. Nuestro crecimiento espiritual no tiene límites. Para mí, es como escalar una montaña de la que no vemos su cima, y en la que cuanto más subimos, al mirar hacia arriba, siempre notamos que nos queda mucho más de lo caminado; y cuando tropezamos, debemos frenar la caída donde podamos y reiniciar el ascenso.
  7. Si es verdadero, el crecimiento espiritual no debe hacernos sentir superiores a nadie, aunque si nos da confianza y fortaleza para seguir creciendo. Historias de la vida de los místicos o la lectura de lo que escribieron, como los poemas y escritos de santa Teresa de Ávila, de San Juan de la Cruz, de San Agustín o de Santo Tomás de Aquino, parecen indicar que cuanto más crecían espiritualmente, más pequeños se veían a sí mismos. Es decir, la humildad suele ser proporcional al crecimiento espiritual.
  8. Decir yo no creo porque no lo veo ni lo entiendo no tiene base, cuando no hemos tratado de ver más allá de nuestros sentidos.
  9. Mi sugerencia final es que cada estudiante debería adquirir la práctica de revisar frecuentemente -idealmente a diario- cuan consecuente son sus acciones con los valores que dice profesar, cuestionarse como puede mejorar, y proponerse hacerlo.

Estoy seguro de que algunos de los que hayan tenido la paciencia de leer hasta aquí, pueden estar pensando algunas otras sugerencias de interés. De ser ese el caso, por favor dímelo junto con cualquier desacuerdo que tengas con lo escrito. Como dije antes, es pensando como aprendemos y maduramos.

Creo que, en cualquier momento de la vida, el espíritu humano es el resultado de nuestro crecimiento en los valores que adoptamos y practicamos, y el amor es el lenguaje de ese espíritu. Por tanto, el amor que profesamos y prodigamos, es un reflejo del nivel de espiritualidad que hemos alcanzado. A mi modo de ver, eso explica las diferencias tan notables que fácilmente se observan entre el “mismo” amor practicado por distintos individuos.

Creo también que tanto la forma en que interiorizamos y evolucionamos en los valores que profesamos, como en el crecimiento de nuestra fe y el amor, son acumulativos, dependen de cuanto se les alimenta con dedicación, abnegación y confianza. Cada uno de nosotros es responsable del nivel espiritual que alcance, y que a mi juicio solo Dios puede determinar completamente. En general, pienso que las limitaciones de nuestra lógica, de nuestra capacidad intelectual, y de nuestros conocimientos, no nos eximen de nuestra responsabilidad de crecimiento espiritual. Si bien el conocimiento puede exponernos a una mayor profundidad de los distintos valores, no creo que necesariamente haya una correlación entre el desarrollo intelectual y espiritual del ser humano.

Finalmente, como creyente pienso que el ver la mano de Dios en la naturaleza y en todo lo que nos rodea, el hablar con Él a diario formal e informalmente, compartiendo y agradeciendo nuestras alegrías y nuestros sueños, pidiéndole ayuda para enfrentar nuestras dificultades y nuestras tristezas, y confiando en su amor y misericordia, es esencial en nuestro crecimiento espiritual y para nuestra verdadera felicidad.

[1] https:// reaquesada.com/carta-a-mi-nieto-a/

Por Antonio R Quesada

A esta altura de mi vida reconozco que lo que creo saber es ínfimo comparado con lo que desconozco. Usando mis experiencias, trato de profundizar en algunas ideas espirituales básicas que comparto con toda humildad a fin de animar a otros a que hagan lo mismo. Agradezco de antemano cualquier sugerencia o corrección que reciba. ________________________________________________________________________________ At this time of my life, I acknowledge that what I think I know, is minimal compared to what I don’t know. Using my experiences, I try to deepen on some basic spiritual ideas that I share with all humility, with the purpose of encouraging others to do the same. I thank you in advance for any suggestions or corrections that I receive. ________________________________________________________________________________ Dr. Antonio R. Quesada, Professor Emeritus of Mathematics at The University of Akron. Ohio Teaching Fellow. Director of Project AMP. T^3 International Emeritus Professor.

2 comentarios

  1. Antonio, no se como mi opinión cae dentro de esta belleza de artículo o ensayo que has escrito y en el que estoy totalmente de acuerdo. Difinitivamente o imperativo creo sería la formación del maestro en todos los niveles y otra área preocupante ligada a esta, los currículos y sus contenidos. Hoy día nos enfrentamos a una diversidad tremenda causada por la emigración y cambios globales. Sin entrar en detalles, mi impresión es que no estamos aprovechando el fenómeno positivamente. En todo caso es bombardeado por polìticos que tienen una agenda que en vez de enriquecer degrada. Creo mucho en los maestros bien formados y en currículos orientados a necesidades actuales reflejada en los estudiantes tomando también en consideración lo básico y lo que siempre nos había funcionado.
    Tu «ensayo» está perfecto para un taller dirigido a maestros jóvenes que comienzan sus carreras y como ayuda a los que ya «estan pero que no estan». Tu percepción de lo espiritual como motor en este mundo de la educación, la pedagogía, el individuo etc. es excepcional, te aplaudo y me ha encantado. Fuerte abrazo, Antonio.

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