La segunda parte de este tema es personal y responde a una promesa que me hice hace años cuando vine a enseñar a Estados Unidos al ser, por primera vez, objeto de discrimen. Desafortunadamente, el ambiente que vivimos en la actualidad me ha recordado aquella promesa.
Empiezo por mencionar el discrimen que observé cuando crecía. Nací en Melilla, una ciudad de España en el norte de África. Cuando apenas tenía 4 años fuimos a vivir a Guadix, un pueblo de la provincia de Granada. Con 13 años comencé el bachillerato superior en un internado de Granada y a los 14 años nos mudamos de nuevo a Málaga, aunque yo seguí yendo al internado y posteriormente a la universidad en Granada, las vacaciones las pasaba en Málaga. En adición, creo apropiado mencionar, que mi madre era hija de padre alemán y su educación respondía notablemente a ese hecho, por lo que nuestra educación fue distinta, y debía notarse ya que en Guadix mi hermano mayor y yo éramos “los hijos de la alemana,” lo que al menos a mi me hizo sentir distinto. A diferencia con mis amigos de los sitios donde viví, nunca tuve familia extendida (tios, primos, abuelos) cerca, por lo que mis “raíces locales” nunca fueron profundas. Menciono estos antecedentes porque creo que, en cierta medida, el ser un «migrante local,» me ayudó a observar diferencias que de otra forma no habría visto. Eso explica que, desde pequeño siempre noté y me molestó advertir, en los distintos ambientes que me rodeaban, cuando alguien era menospreciado o maltratado por los demás. Así, por ejemplo, en los colegios era fácil oír expresiones peyorativas que pretendían ser “jocosas” refiriéndose a un compañero, como “el gordito de la clase,” o “el enano,” o “el cabezón,” entre otras. A menudo estas expresiones reflejan lo que los niños oyen en sus casas. De igual forma, observaba a muchos adultos hacer comentarios negativos de los que no eran “del grupo,” fuera este social, político, económico, o sencillamente de desconocidos por el hecho de serlo. A través de mi vida, y creo importante decir que he vivido al menos 13 años en cada uno de tres países distintos, y he visitado unos 23 paises en varios continentes dando conferencias, he seguido observando distintas manifestaciones del discrimen. Pienso que el ser humano, condicionado por una sociedad de valores no siempre altruistas, va adquiriendo prejuicios a edad muy temprana, como resultado tiende a discriminar frecuentemente y a menudo sin darse cuenta.
Mi mayor experiencia está en la enseñanza. Empecé a enseñar a los 13 años dando clases particulares, y a partir de los 23 dicté clases en la Universidad hasta retirarme. En total enseñé 55 años, pasando por todos los niveles, desde escuela elemental a nivel doctoral. Debo agregar que según las evaluaciones de mis estudiantes siempre fui considerado un profesor exigente pero justo y dispuesto a ayudar. Todos estos años de guiar a otros a aprender, me demostraron que, contrario a lo que muchos creen y en ocasiones usan para justificar expresiones, decisiones y en general comportamiento inaceptable, no hay ningún grupo de seres humanos con mayor capacidad intelectual que los otros. He tenido estudiantes destacados, hombres y mujeres, entre hispanos, asiáticos, africanos y sajones. Es claro que el ambiente socioeconómico en el que los niños crecen tiende a contribuir favorablemente tanto a sus conocimientos básicos como a su disposición e interés hacia la educación, por lo que, en general, estudiantes de grupos aventajados suelen ser más educados, pero esto no quiere decir que sean más inteligentes. Por otro lado, al enseñar cursos de estudiantes de “honor,” llamados así en mi universidad por consistir de estudiantes seleccionados en base al alto promedio de notas obtenidas, tanto en el colegio como en exámenes estandarizados, con que llegaban a la universidad, observé el papel crucial que la determinación de cada estudiante jugaba en su actuación a través del curso. En ocasiones compartía en mis cursos, la anécdota -no constatada- de cuando la gitana quiromántica leyó la mano de un joven Alejandro Magno diciéndole que nunca tendría éxito. Cuando este le preguntó a que se debía esto, ella le explicó que carecía de una línea especifica señalándole dos puntos de la mano que la misma conectaría. Alejandro entonces sacó el cuchillo y se rajó la mano entre los puntos indicados creando la línea, entonces preguntó ¿y ahora? De igual forma, en los cursos de honor observaba como algunos estudiantes de gran capacidad, como me indicaban la visión y profundidad de sus preguntas cuando presentaba material nuevo, no dedicaban el tiempo necesario a estudiar y terminaban peor que otros estudiantes, de menos habilidad natural, pero de mucha más determinación y tenacidad.
Recuerdo anecdóticamente que, a comienzos de los 90, cuando llevaba 6 años enseñando en Estados Unidos, por hablar español pensaron quizás que era latinoamericano y me invitaron a compartir mis experiencias sobre el discrimen como parte de varios grupos reconocidamente discriminados. Considerando que yo no procedía de Latinoamérica, por lo que no era un hispano tradicional y a fin de aprender más sobre lo que sufren estos grupos, me reuní con las pocas estudiantes mujeres del curso de Cálculo I de Honor que estaba enseñando. En el Colegio de Ingeniería, al que pertenecían la mayoría de los estudiantes del curso, los estudiantes solían hacer grupos de estudio para ayudarse unos a otros, entre compañeros de la misma área, ingeniería eléctrica, mecánica etc. En aquella época había tan pocas estudiantes mujeres en ingeniería, que era impensable que hubiera suficientes para formar un grupo de un área específica. Una de las estudiantes comentó que si una de ellas preguntaba a un compañero si podía unirse al grupo al que este pertenecía, no era sorpresa que se malinterpretara la pregunta coligiendo que tal vez lo que la muchacha buscaba era “conocer” a más muchachos. Me dijeron que esto había ocurrido en más de una ocasión por lo que ellas se abstenían de hacerlo. A partir de ese momento, yo empecé a asignar proyectos formando grupos con estudiantes de la misma área de estudio, de ambos sexos. Esto facilitaba el que se conocieran y trabajaran juntos sin ninguna connotación extraña. Años después confirmé que esto resolvía el problema.
Un último comentario sobre la discriminación en la enseñanza se refiere a mi encuentro en cursos de nivel básico con algunos estudiantes inteligentes de minorías que podrían haber venido con un nivel superior de conocimientos. Me enteré de que, aunque habían tenido una nota excelente en matemáticas de escuela intermedia, por ser de minorías el consejero de la escuela secundaria los colocaba automáticamente en matemáticas para empresas, la clase de matemáticas con menos contenido; esto hacía que llegaran a la universidad con una formación muy pobre en matemáticas. Eso perjudicaba, al retrasar considerablemente, a los que necesitaban tomar cálculo. A lo largo de los años ofrecí a veces talleres de verano a profesores de secundaria, cuando comentaba con algunos de ellos lo que había observado, me confirmaban que, lamentablemente, estos no eran incidentes aislados.
Tristemente puedo decir que, aunque en menor escala que la mayoría de los latinos, también he sentido el discrimen en carne propia, por lo que mis comentarios no están basados solo en observaciones externas. Mencionaré un par de ejemplos ocurridos en EE. UU, no como estudiante graduado, cuando recibí un trato inmejorable en la Universidad de Florida, sino cuando fui contratado como profesor. El primero ocurrió al final de mi primera semana. Regresaba a casa cuando un policía me paró en la autopista. Tras haber vivido tres años en Florida durante mis estudios graduados, había puesto la tablilla del coche adelante en lugar de atrás como se hacía en el estado de Ohio donde trabajaba. A pesar de explicarle el porqué del error y presentar toda la documentación que me solicitó e incluso indicarle que era profesor de la universidad y apenas llevaba una semana en la ciudad, el policía me dijo que me confiscaría el auto, por lo que tuve que darle las llaves y seguir a pie. Sorprendentemente, un joven me vio caminando y me ofreció llevarme a casa, algo tan inusual y extraordinario como lo que me acababa de ocurrir. Cuando al día siguiente le conté al jefe de departamento lo ocurrido, este no podía creerlo y concluyó, como yo lo había hecho, que había sido un caso claro de discrimen por mi pobre acento, llamó al jefe de policía local quien también se sorprendió al oír la historia, aunque nunca pudo hacer nada porque el policía que me paró resultó ser de otra comunidad. El segundo ejemplo se refiere a algunos colegas de la universidad en el departamento, quienes quizás como resultado de ser hispano y de tener un fuerte acento por no haber estudiado el idioma inglés cuando crecía, me trataron como “ciudadano de segunda clase.” Aunque este trato tuvo el efecto positivo de incrementar mis esfuerzos de tener éxito en la Academia, nunca lo olvidé completamente.
Si bien el discrimen ocurre en mayor o menor escala en todos los países, es paradójico y lamentable que en un país donde el 90% son de origen emigrante, en la actualidad se esté discriminando de forma tan marcada e injusta como está ocurriendo bajo el gobierno de Trump.
A modo de epílogo, quiero aclarar que, a mi modo de ver, un trato desigual es discriminatorio si se le da a alguien como parte de una comunidad, esto es por motivos raciales, políticos, religiosos etc. Así que si bien todos podemos haber dado o recibido un maltrato, este no ha sido discrimen si no se ha dado en ese contexto.
Toda la razón
Gracias Manolo
Creo que lo mejor del artículo es que ayudará a todo el que lo lea a que tome conciencia de que la discriminación se da con bastante frecuencia; a veces, incluso, de manera inconsciente; y hasta puede que no sea fácil notarla. Y tomando conciencia, la evitará siempre que esté en su mano.
Siempre valoro tus comentarios. Gracias Juan
Me parece que desde que nacemos estamos comparando, dicerniendo, aprendiendo y eso lleva a formar unos patrones que si no los sabemos contolar nos llevan a comportarnos como verdaderos animales.
Todo ser humano a sido objeto de discriminacion y a su vez a discriminado contra otros. El proceso educativo empieza en la casa y termina en la tumba. Y, en el curso de la vida nos encontramos con maestros, amigos y aún enemigos de los cuales está en nosotros escoger lo que de verdad vale la pena aprender.
Muy cierto Roberto, por eso trato de concientizar en la medida que puedo.
Es gratificador que hayas podido enseñar a grupos de personas de edades diferentes. Yo lo hice a un sólo nivel.
Pienso que siempre ha existido algo de discrimen en todos los países , pero lo del señor Trump es inconcebible, peligroso y triste.
Gracias Rudy. Sabes, me desespera ver lo que está pasando, los millones de personas y niños que están sufriendo por su culpa… pido a Nuestro Señor que nos ayude!