Cuando nos paramos a pensar en ese niño, nacido en un pesebre hace más de dos mil años, hijo de un humilde carpintero, a quien los padres salvan huyendo con el recién nacido a Egipto. Que pasa sus primeros años ayudando a su padre en la carpintería mientras crece en bondad y sabiduría, hasta el punto de que, a los 12 años, por tres días consecutivos, sorprende a los sacerdotes del templo por sus vastos conocimientos y su increíble discernimiento.
Que a los treinta años empieza a ser conocido por sus prédicas, su sabiduría, y sus obras. Que se rodea de un grupo inicial de 12 seguidores, obreros y pescadores de la comunidad, quienes, en aquellos tiempos, la mayoría sin duda eran analfabetos, y que, con tan solo pedirles que lo sigan, estos dejan todo lo que tienen para seguirlo. Que continuamente hace el bien educando y ayudando a todo el que puede y que resume como esencia de su mensaje que “nos amemos unos a otros como Él nos ha amado.”
Que los líderes religiosos del momento, celosos por sus conocimientos, por su honestidad y por la multitud de seguidores que genera, lo acusan del “terrible” crimen de decir que es el hijo de Dios.
Que es juzgado y siendo inocente, condenado a muerte. Que conocedor de lo que le espera, acepta un castigo brutal, perdonando
a los que lo castigan inmisericordemente a la vez que se burlan de él, que lo hacen arrastrar una cruz en la que lo crucifican, y que da su vida por el bien de todos como pago por nuestros errores, probando por última vez lo que ha estado predicando.
Que vuelve a perdonar desde la cruz a todos aquellos que lo han condenado, torturado y crucificado, a la vez que nos hace a todos hijos del ser que mas quiere y que lo trajo al mundo, su madre. No buscó el poder, la riqueza, o la fama, y sus discípulos llevaron su sencillo mensaje de amor al mundo occidental conocido.
Que a través de los siglos muchos de sus seguidores han dado la vida predicando sus enseñanzas e imitando su entrega a los demás. Veintiún siglos más tarde sobre 2.400 millones de seres humanos creen en su mensaje y lo siguen.
Aún sin creer en sus innumerables milagros o en los de sus seguidores a través de los siglos, o en su resurrección, es fácil aceptar que su historia es única y excepcional en lo que sabemos de la historia humana.
Como dijo Mahatma Gandhi:
“Un hombre que era completamente inocente, se ofreció a sí mismo como sacrificio por el bien de otros, incluyendo sus enemigos, como rescate del mundo. Fue un acto perfecto.”
Magnífico mensaje el que nos dejó: AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO. Sólo puedo imaginar ese mundo cuando dejemos éste. Me ayudó mucho y consoló Even Alexander, en su libro «La prueba del Cielo», que recomiendo. Mi reflexión hacia Jesús: «Gracias por haberte hecho hombre y permanecer con nosotros»
Trataré de leer el libro q mencionas. Gracias y un fuerte abrazo
Antonio, has expresado tus pensamientos sencilla y divinamente. ¿Por si acaso, has visto la serie <>? Tiene que ver con la relación entre Jesús y sus apóstoles. Esta serie ha llamado la atención de cristianos de todos tipos: católicos, evangélicos, etc. Creo que se puede ver las primera y la segunda parte en “YouTube.” Hay varios capítulos en cada parte. Me encanta tanto la serie que la he comprado en DVDs. La tercera parte salió en los cines durante la época Navideña. Todavía no la he visto, pero la compraré en disco cuando pueda.
Gracias Pat. Si te refieres a la serie “The Chosen,” me encanta, puedes bajar un App en Apple.