8. ¿Qué podemos aprender de la reacción de la población occidental frente a la pandemia?

Hoy encontré este artículo que escribí en el 2021, y que había olvidado. Al leerlo de nuevo, he pensado que su relevancia no ha cambiado por lo que lo he subido al blog.

Un maestro con experiencia -y el haber enseñado 50 años en tres países distintos, desde escuela elemental hasta estudios graduados, debe cualificarme así- se atrevería a decir sin temor a equivocarse que el comportamiento y las actitudes de los estudiantes en el salón de clase son un reflejo fiel de la sociedad del momento. Pienso que, en el aula, el profesor es testigo directo y privilegiado de los cambios sociales que se van produciendo a través de los años.

¿Qué observé en mis clases durante los ochenta?

Resido en Akron, Ohio, que hasta mediados de los ochenta fue considerada la capital del mundo en diseño y fabricación de ruedas de autos. En esa época, por problemas con las uniones, las factorías de esa industria emigraron hacia estados del sur, dejando en esta área, tan sólo, las oficinas centrales de investigación. El resultado inmediato fue que miles de trabajadores perdieron su empleo. Muchos de ellos se fueron, pero otros encontraron nuevos trabajos a tarea parcial o completa y se quedaron en el área. Como resultado, un número grande de estos trabajadores decidieron volver a la universidad, muchos para cursar un grado universitario, otros para completar un grado académico, iniciado con anterioridad, que nunca habían terminado.  Afortunadamente, la universidad ofrecía entonces cursos vespertinos para estudiantes menos tradicionales, lo que permitió que a base de uno o dos cursos por semestre estos estudiantes que trabajaban durante el día, la mayoría casados y con hijos, poco a poco lograran su propósito. En unos años, el porcentaje de trabajadores con título académico aumentó y la población cambió, como se dice aquí, de “blue collar” (cuello azul por el mono de trabajo) a “white collar” (cuello blanco o camisa y corbata de oficina).

Fue en 1984 cuando empecé a enseñar en la Universidad de Akron, por lo que, durante los primeros años, algunos de estos estudiantes estuvieron en mis clases. Aún recuerdo con admiración la determinación y la honestidad que demostraban. Aprovechaban las oportunidades que se les brindaba para aclarar sus dudas, estudiaban regularmente dentro de los limites lógicos que el trabajo y la familia les imponían, aceptaban sus errores y no culpaban a nadie que no fuera a sí mismos de los mismos. Recuerdo que, en más de una ocasión, salió de mí el aplazar e incluso repetir un examen a estudiantes que no habían podido prepararse por tener un hijo muy enfermo o un problema familiar grave. Venían a mi oficina a disculparse por haber fallado, aclarando que no era culpa mía, y rara vez me pidieron otra oportunidad.  

¿Cómo fueron cambiando mis experiencias en la academia con los años?

Las actitudes fueron cambiando desde comienzos de los 90.  Comencé a observar cómo, poco a poco, el porcentaje de estudiantes que no asumían responsabilidad por sus tareas y culpaban todo lo imaginable por sus fallos, iba aumentando a todos los niveles, pero particularmente a nivel subgraduado.  Ese porcentaje siguió incrementándose de forma sostenida hasta alcanzar un nivel considerable veinticinco años después. Debo admitir que en parte me retiré en el 2015 porque, a pesar de cuanto he amado siempre la enseñanza, desde el principio pertenecí al grupo de profesores que creíamos que bajar el nivel de exigencia por debajo de lo normal para que menos estudiantes fracasaran, era un acto irresponsable. De hecho, inicialmente en el departamento de matemáticas al que pertenecía, de un 40%-60% de estudiantes de los cursos introductorios de Algebra y Precálculo no pasaban cada semestre debido a la deficiente preparación y hábitos de estudio, con que los estudiantes llegaban; un porcentaje inusual en los otros departamentos de la universidad. Debo mencionar que esto ocurría a pesar de que, conocedores de las deficiencias que traían, usualmente les dábamos una prueba corta semanal y 4 o 5 exámenes al semestre para ayudarlos a desarrollar hábitos de estudio, como resultado el porcentaje de suspensos disminuía substancialmente en los siguientes cursos, y para tercer año, inicialmente, la mayoría era disciplinada y responsable. Para alguien de la vieja escuela como yo, ese deterioro de valores que fue tomando lugar en los últimos veinticinco años era alarmante y peligroso.

¿Existe alguna relación con lo ocurrido en el mundo occidental durante la pandemia?

Muchas preguntas vienen a nuestra mente si observamos el increíble número de personas, mayormente de los 20 a los 50 años de edad, que durante el 2020, ignorando las advertencias y recomendaciones de todos los expertos, siguieron reuniéndose en grupos grandes en locales cerrados sin usar la mascarilla, que iban sin las mismas por las calles o asistían sin ellas a manifestaciones masivas en áreas abiertas; así como los que se aglomeraban en las playas o viajaban en avión por motivos de celebraciones familiares como el día de Acción de Gracias o las navidades.  ¿No habían oído estas personas las recomendaciones de los expertos, publicadas profusamente en los medios informativos, sobre los riesgos de no usar la mascarilla y de participar en ese tipo de actividades durante la pandemia?  Y si no les concernía enfermarse a sí mismos, ¿no les preocupaba enfermar a sus familiares, a sus amigos, o a sus compañeros de trabajo? 

Tradicionalmente cuando un país se enfrentaba a un enemigo común, la población solía cerrar filas formando un frente unido. Claramente, ese no ha sido el caso en esta ocasión. En Estados Unidos, el mal ejemplo del presidente y de muchos de sus seguidores políticos debe haber contribuido, en parte, a esta actitud, pero ese no ha sido el caso en otros países de Occidente donde muchos adultos de 20 a 50 años parecen haber actuado igual.  En teoría, es innegable que la verdadera educación conlleva el ser consecuente con los valores recibidos y debe llevar a actuar en consecuencia sin importar el medio ambiente que nos rodea. La realidad, sin embargo, parece decirnos otra cosa.

Hemos sido testigos de un deterioro grave de la responsabilidad social. Han sido muchas las personas que han evidenciado una educación carente de valores y de los sacrificios que estos conllevan. No parece que estén dispuestas a hacer el menor esfuerzo por razón social alguna, aun la más meritoria, y los resultados, como los expertos señalan, acarrean un gran deterioro de las relaciones familiares e interpersonales, además de la pobreza de conocimientos, las deficiencias de lenguaje, la falta de civismo, etc. tan visibles en el mundo de hoy.

En el pasado, en adición a los valores tradicionales, nos enseñaban dos principios básicos de la tradición judeocristiana:

  1. El bien particular se sacrifica al bien común.
  2. El fin no justifica los medios.

Dado lo que en muchos países (EE. UU., España…) se está viviendo últimamente, yo añadiría un tercero:

3. Los valores básicos deben tomar prioridad sobre cualquier partidismo político.

Los principios son sencillos de enunciar, ahora bien, es mucho más difícil que un niño los aprenda si los adultos somos los primeros que no los respetamos. Con frecuencia se culpa a los jóvenes por la falta de principios y valores, a mi juicio de forma un tanto injusta.  Habiendo enseñado en la universidad muchos años de mi vida, aún tengo gran confianza en la juventud. Para muestra con un botón basta. El año pasado, cientos de miles de jóvenes de toda raza y condición, se manifestaron (aclaro que en un 95% de los casos pacíficamente) en montones de ciudades de este país contra el maltrato que, gracias a la evidencia irrefutable provista por la tecnología moderna, la policía usa cuando trata a las minorías. El movimiento “Black Lives Matter” fue fundamentalmente un movimiento de jóvenes, contra una injusticia que los adultos hemos tolerado por muchos años. Así que, antes de descargar toda la responsabilidad sobre los jóvenes, fijémonos en las familias que los educaron. Y digo familia, porque esta debe ser la principal fuente de enseñanza de valores a los niños; valores que después se reforzarán en el colegio y en la sociedad, pero es en la familia donde recae la mayor responsabilidad de la transmisión de valores.

Hay que decir que nunca es tarde para recuperar buenos hábitos, para poner en práctica lo que sabemos y lo que la conciencia nos dice que es correcto. En los países que he vivido, particularmente en EE. UU., siempre he visto a muchas personas que a diario ayudan a todo el que pueden. Recuerdo la impresión tan conmovedora que sentí al ver, en momentos de extrema necesidad -como cuando un terrible huracán azotó el Sur- a ciudadanos y estudiantes de todas las clases sociales ayudando a las víctimas, algunos pidiendo vacaciones en sus trabajos para ir a Luisiana, pagándose sus gastos, echando una mano en lo que podían, muchos grupos de universitarios desplazándose allí para ayudar durante sus vacaciones de primavera.

¿Qué podemos hacer?

Personalmente, me niego a aceptar que toda esa bondad haya desaparecido. Pero, no nos engañemos, la situación es grave. Tan solo en Estados Unidos se estimaba en otoño del 2020 que, esa irresponsabilidad en el uso de máscaras durante la pandemia había costado la vida de más de 130,000 personas. El mundo se enfrenta a desafíos como el Covi19, el calentamiento global, etc. que amenazan aniquilarnos. Los problemas no son locales, son universales, y su solución depende de todos y cada uno de nosotros. Si dejamos de culpar a los demás y al gobierno, y aceptamos que hay una responsabilidad compartida en todo lo que enfrentamos, creo firmemente que “la suerte aún no está echada”. Todavía podemos cambiar muchas cosas. Si cada uno de nosotros se propone hacer algo diariamente, ayudar en lo que podamos de acuerdo con nuestras capacidades y limitaciones, incorporar la empatía y la compresión cuando hablamos con otros, formar grupos de trabajo orientados a la acción… Todo esto que ya está ocurriendo en “pequeña” escala, necesitamos convertirlo en una acción masiva. Insisto en que nunca es tarde para contribuir, que ninguno de nosotros es tan pequeño como para que su contribución no importe, y que la inacción de la mayoría nos ha traído a donde estamos. 

Los que somos creyentes, si no lo estamos haciendo ya, empecemos por orar con humildad e intensidad, así como la Virgen de Medjugorje lo pide incansablemente por medio de los videntes. Eso sí, no olvidemos que la fe sin obras es una fe vacía.

A todos los que habéis leído hasta aquí, os agradezco mucho vuestra atención. Pensad en lo que digo, y modificad lo que creáis apropiado, pero, sobre todo, si estáis de acuerdo, pasad la voz.

Un fraternal abrazo.

Antonio

Por Antonio R Quesada

A esta altura de mi vida reconozco que lo que creo saber es ínfimo comparado con lo que desconozco. Usando mis experiencias, trato de profundizar en algunas ideas espirituales básicas que comparto con toda humildad a fin de animar a otros a que hagan lo mismo. Agradezco de antemano cualquier sugerencia o corrección que reciba. ________________________________________________________________________________ At this time of my life, I acknowledge that what I think I know, is minimal compared to what I don’t know. Using my experiences, I try to deepen on some basic spiritual ideas that I share with all humility, with the purpose of encouraging others to do the same. I thank you in advance for any suggestions or corrections that I receive. ________________________________________________________________________________ Dr. Antonio R. Quesada, Professor Emeritus of Mathematics at The University of Akron. Ohio Teaching Fellow. Director of Project AMP. T^3 International Emeritus Professor.

2 comentarios

  1. «Cómo a nuestro parecer / cualquier tiempo pasado fue mejor»…
    No sé cómo se comportaría la gente en EE. UU. durante la pandemia, pero en España, la población hizo gala de una disciplina y un civismo admirables. Lo sé porque lo vi.

    1. No es lo que habia oido, pero me alegra que asi fuera. Lo de la perdida de valores, si parece estar ocurriendo de acuerdo a mucha de la informacion que recibo.

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